Lo que nos faltaba, bodas “low cost”

Debo insistir que no soy un detractor de los modelos de alta eficiencia operativa que, por cierto, ya son la norma en muchas industrias, en mi opinión de manera destacable en el aerotransporte, donde bien pudieron haber nacido o por lo menos popularizado. Por el contrario, todo aquello que contribuya a la sustentabilidad y sostenibilidad de una actividad o negocio debe ser reconocido y en lo posible bienvenido, respaldado y alentado.

Tal y como también repetidamente lo he comentado en los espacios editoriales que me hacen el favor de albergar mis textos, el problema no es el modelo, sino la manera como se implementa, la cual se presta para interacciones que poco tienen que ver con ese servicio personalizado proporcionado por un ser humano a otro, que tanto me gusta, como les gusta a los de mi generación, no así a los “centennials”, que de acuerdo a una fuente que sabe de lo que habla, a la hora de adquirir un bien o servicio, mientras menos contacto tengan con otro ser humano en el proceso, mejor experiencia sienten tener. A ver si opinan lo mismo a la hora de una queja…

El caso es que hace unos días recibí un mensaje de WhatsApp en mi celular procedente de una empresa dedicada a organizar eventos, relacionado con la boda de una sobrina, invitación a la cual también recibí por WhatsApp. Para comenzar mi nombre y apellidos en dicho mensaje no corresponden a lo correcto, algo muy común en el llenado de este tipo de elementos por parte de terceros. En esta oportunidad se me solicitó confirmar mi asistencia por medio de un procedimiento, también virtual, que habiendo concluido, arrojó una clave de la boda, cual una reservación en una aerolínea. ¿En serio?

La pregunta es obligada: debido a que “la reservación” de mi octogenaria madre se manejó aparte y está en otro “récord” y no en el mío y ella no es muy afín que digamos al empleo del WhatsApp y compañía, y además ni siquiera tiene correo electrónico, ¿cómo le va a hacer cuando se aparezca en la boda de su nieta sin la debida clave de confirmación (pase de abordar)? ¿Le van a negar el ingreso?

¿Qué pasa si a la hora de la hora el querido tío (es decir yo, espero), decide llevar a una pareja a la boda y no asistir solito tal y como la invitación lo indica u olvida alguna clave de confirmación, etc.? ¿Le pido permiso al papá de la novia (mi hermano), a la novia (no creo que me pele), a un representante de la empresa a cargo de la organización del evento, o de plano voy a tener que enviar un correo, mensaje de texto o llenar un formulario desde mi teléfono?

¿Nos van a pedir una identificación oficial válida con código QR para acceder? ¿Y los asientos en la mesa en el banquete son pre-asignados? ¿Y si nos toca separados vamos a tener que pagar algo para compartir la mesa? ¿Y si nos queremos cambiar de mesa tenemos que hacer un nuevo proceso electrónico?

Hablando de mesa, en el mensaje en comento había otra liga, esta vez correspondiente a mis preferencias de menú. Ni raudo ni perezoso, intenté proceder, ahora sí que en el mejor ánimo de seguir el juego a la “millenial” pareja, solo para toparme que para que yo pudiese escoger mi menú, tenía que llenar un formulario electrónico con datos propios de una reservación de aerolínea, mismos que seguramente “alguien” va a terminar empleando para hacerme llegar posteriormente encuestas de satisfacción o promociones diversas.

Desgraciadamente, tal y como a los de mi generación frecuentemente nos sucede, algo falló en el proceso y de plano no pude terminarlo. Es decir que en una de esas ya me quedé sin la posibilidad de elegir platillos, si es que me toca comer algo. Ante ello, me atreví a enviar un mensaje al remitente intentando comentar los temas. Confieso que no me sorprendió recibir una respuesta muy parecida a la que los pasajeros de avión solemos recibir de nuestras proveedoras cuando uno intenta “comunicarse” con ellas, es decir, una de un sistema automatizado que en realidad no resuelve nada.

Ha seguido recibiendo mensajes en mi WhatsApp procedentes de dicha empresa solicitándome que confirme mi asistencia, algo que hice desde la primera vez que recibí uno. Es más, en lugar de revisar bien sus bases de datos la organizadora de la boda le chismeó a la novia que ni rauda ni perezosa ya me ha enviado dos amables mensajes comentándome que la empresa le estaba informando que yo no había confirmado mi asistencia. Afortunadamente este analista, tal y como suele hacerlo en tratos similares con sus proveedores, conservó “screenshots” (o sea) evidenciando que “el tío” había hecho lo solicitado, mismos que lógicamente compartí con la novia para sea ella y no quien firma esta nota que se arregle con la proveedora. En fin…

Lo más preocupante y debo decirlo triste de todo esto es precisamente esa despersonalización a la que hago referencia en el primer párrafo de esta entrega, misma que no me parece propia de un ambiente tan familiar y fraternal como es una boda. Como que siento que al emplear este modelo para este propósito, tal y como siento sucede con aerolíneas, bancos, comercializadoras, compañías de seguros, etc., se está discriminando a quien forman o más bien dicho, formamos parte de una generación, que si bien va de salida, en un país con tantos viejos, todavía muy importante, que no están o estamos en condiciones de contar con las herramientas de comunicaciones digitales que el modelo “low cost” requiere o simple y sencillamente no las sabemos usar.

No sé qué opine usted estimado lector o lectora, pero a su servidor le parece que una cosa es ahorrarse algún dinero, tiempo y papel en esto de las invitaciones a un evento, o simplificar el proceso, y otra cosa y más en el caso de un evento familiar, es tratar a los invitados como un cliente.

Sin duda, la cultura “low cost” ha llegado para quedarse en nuestra sociedad y esa es tan buena o mala noticia como se quiera ver. Insisto, mucho tiene que ver en ello la calidad de su implementación y operación, en la cual, el disponer de esa “opción B” que le permita al segmento menos tecnificado ser atendido como se merece, me parece de lo más importante.

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