Malentendiendo lo que es la seguridad en una instalación estratégica

De pronto mi madre, mi nuera y yo, civiles, vestidos como tal, que en el sentido estricto no tendríamos nada que estar haciendo ahí, nos encontramos a bordo de un auto particular, conducido por una persona (mi hijo) también vestido “de civil”, recorriendo nada menos que la línea de vuelo y otras áreas operativas, por ejemplo, donde está atracado recibiendo mantenimiento uno de los más modernos portaviones de la Marina de los Estados Unidos, en la Base Aeronaval localizada en la península de Coronado frente a la ciudad de San Diego, California, privilegio al que no es sencillo acceder y más de la manera como lo hicimos, mediando nada más el que mi hijo, oficial de la Marina de esa nación se identificase como tal. Dicho en pocas palabras: nadie se tuvo que bajar del auto, a nadie más nos pidieron identificación alguna, en ningún momento se nos preguntó el destino o la razón de la visita, nadie ya adentro de la base nos detuvo o cuestionó de manera alguna y tanto al ingresar como al retirarnos no se hizo revisión alguna al vehículo en el que nos transportábamos.

¿Igualito que en México verdad?

Recuerdo cómo hace unos meses acompañé a un general del Ejército mexicano junto otros civiles a realizar una visita a una instalación militar. El alto oficial nos quiso presumir cierto espacio cultural, totalmente fuera de aquello que podría ser considerado como área sensible militarmente hablando. No tiene una idea estimado lector o lectora la pena que me dio ver cómo, tras invertir varios minutos solicitándolo, se le negó el acceso al general y a su comitiva al espacio, toda vez que en opinión de “alguien”, no se justificaba el mismo. Recuerdo también cómo hace algunos años y contando con el debido permiso de acceso, realicé una visita al Aeropuerto de Paitilla, en la Ciudad de Panamá. De pronto, fui abordado y casi puesto a disposición por un militar panameño para el que mis explicaciones y justificaciones no valían nada. Solamente la intervención a mi favor de quien me dio el acceso en primera instancia lo evitó que yo fuese consignado.

Jamás olvidaré cómo, aun cuando quien firma esta nota tenía un documento en su poder que le daba permiso a entrar a cierto campo militar en Ciudad de México, a veces no lo podía hacer, debido a que mi ingreso no lo quería autorizar el oficial en turno. En fin…

Lo cierto es que no solamente fue la base Aeronaval de Coronado, sino también el Hospital Naval y la segunda base naval más grande del mundo, las instalaciones que mi hijo nos llevó a conocer de manera detallada, eso sí, y esto en mi opinión es el “meollo del asunto”, siempre bajo la responsabilidad de nuestro anfitrión, quien, en caso de un mal comportamiento ya sea tanto de él como de sus invitados debería atenerse a las consecuencias. Por algo estimado lector y lectora no tengo fotografía alguna de dichas instalaciones para compartir ni en este espacio ni en cualquier otro, debido a que simple y sencillamente, comprendí que debía respaldar con buen comportamiento a quien sus superiores le dieron la confianza de invitarnos.

Quizás por esa razón es que tan pronto cruzo la frontera México-Estados Unidos dejo a un lado cualquier prejuicio que mi experiencia con militares latinoamericanos o el haber crecido en el seno de una familia en la que las dictaduras militares eran ahora sí que el demonio hecho realidad y comienzo a disfrutar y a valorar la cultura de las fuerzas armadas de los Estados Unidos con las que tanta relación tiene la vida de mi muy admirado Charles Lindbergh.

Y es que lo que viví recientemente en esas instalaciones militares californianas no hace otra cosa que validar una hipótesis: por lo menos en México, a veces se malentiende el concepto de la seguridad, en especial la militar o la estratégica, tema este último sumamente vigente hoy día en las terminales de transporte de nuestro país.

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