Pero qué ganas de molestar al usuario en el AICM

“El reto para un aeropuerto es ofrecer, tal y como sucede en hospitales, templos o lugares en los que hay situaciones complejas, espacios seguros, eficientes y cómodos, en los que además se privilegie el respeto a la emoción del usuario, llámese pasajero o visitante”.

Recuerdo haber expresado lo anterior en una entrega titulada: Aeropuertos, entre emociones encontradas, publicada en el mes de enero del año 2018 en el portal de noticias de aviación A21.

“Las emociones colman los espacios aeroportuarios y más aún, si tomamos en cuenta que a aquellas propias de la razón del viaje, les debemos sumar las del simple hecho de volar, algo que genera en el pasajero a veces mucho estrés, si no es que verdadero miedo”, también compartí.

Como el miedo que hace unos meses tenía mi octogenaria madre al hacer un vuelo sin acompañante desde el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (AICM); su rostro no disimulaba el estrés que todo ello le generaba. Lógicamente, quien firma esta nota, de poder hacerlo, la hubiese escoltado hasta el asiento mismo del avión, tal y como solía hacerlo en otros tiempos.

Aceptando la realidad y acatando protocolos, principio básico de comportamiento en una toda infraestructura, acompañé su proceso de documentación y tránsito aeroportuario hasta donde cualquier otro visitante puede hacerlo en dicha terminal aérea. De esta manera, comprendiendo el reto que supone, no solamente para una persona mayor, sino de hecho para cualquier usuario del aerotransporte moderno enfrentar con éxito requisitos y etapas, en particular las asociadas con los procesos de revisión en los filtros de seguridad, estuve muy pendiente con la mirada, desde el ambulatorio de la terminal, de cómo mi mamá intentaba acceder por los controles.

¡Qué bueno que lo hice!

Y es que de pronto la tuve de regreso ante mí, angustiada porque literalmente no la dejaban pasar por el filtro, argumentando la falta de cierto documento que simple y sencillamente no se le debió requerir. Sobra decir que hasta que intervine y logré convencer a ese funcionario de seguridad del AICM que lo que se le estaba solicitando a mi madre para acceder a salas de última espera no era procedente, le permitieron ingresar a la obligatoria revisión.

¿Qué hubiese pasado, me pregunto, de no mantenerme junto al acceso al filtro de seguridad, pendiente hasta donde me fuese posible, de ella, y en su defecto, tal y como hacen la mayoría de quienes van a dejar a un pasajero al aeropuerto, hubiese emprendido camino a mi auto? ¡En una de esas mi madre no habría abordado su vuelo! ¿Se imagina usted su angustia? ¡Yo sí! Tal y como me imaginé la que hubiese enfrentado mi hija la mañana del primero de abril de 2022, cuando al intentar franquear por primera vez sola un filtro de seguridad en el AICM, portando consigo un valioso objeto, que la verdad, no me quedaba totalmente claro es posible ingresar, tal y como ocurre con tantos artículos que en realidad pueden o no franquear legalmente la revisión, hubiese experimentado ese despótico, inconsistente y por ende poco profesional trato que muchos pasajeros reciben en este tipo de procesos.

Tomando en cuenta lo anterior, seguramente no le sorprenderá saber estimado lector o lectora que como lo hice con mi madre, estuve pendiente del mismo proceso, pero del de mi hija.

¡Pero sorpresa!, de ahí que me encuentre redactando este texto: ahora resulta que por lo menos en la Terminal 1, habrá que ver si lo mismo ocurre en la 2 del AICM, un acompañante, no puede estar pendiente, lógicamente sin intervenir, hasta donde la mirada le permita, desde el ambulatorio, es decir, desde ese espacio público al cual tiene el derecho de acceder, limitado en este caso por una cinta unifila, de cómo le va a su pasajero, insisto, en esa importante y delicada etapa de su tránsito hacia su avión, en la que, tal y como centenares de denuncias que he leído, no solamente el AICM, sino, de hecho, cualquier otro aeropuerto en el mundo suelen fallar en lo que toca a cortesía, eficiencia y por ende calidad en el servicio.

Mi intención jamás fue entorpecer con mi presencia tránsito de personas o equipos alguno, por el contrario, me ubiqué lo más cerca posible del filtro, pero siempre fuera de los límites de lo “restringido”, pendiente de que mi hija me enviase ese mensaje que habíamos acordado me mandaría informándome que había accedido a salas de última espera sin complicaciones, es decir, sin requerir algún tipo de apoyo de mi parte, o de quien sea.

Más de tres uniformados de diversas corporaciones, desde la Policía de la Ciudad de México, hasta la Marina, intentaron conminarme a no permanecer en el área, insisto: el ambulatorio. ¡Nunca me había tocado algo así!  Lógicamente no tuvieron argumentos para justificar su orden, como tampoco los tuvo un supervisor que los vigilaba, y con quien mejor decidí ya no discutir, debido a que es evidente que el señor no está preparado para hacer su trabajo, el cual, con todo lo que el concepto de seguridad entraña, también debe incluir la inteligencia emocional como para aplicar el buen criterio, dentro de la norma claro está, pero al final de cuentas criterio, cuando se trata de procesos en los que sus clientes, porque eso somos los pasajeros o quienes pagamos por el boleto de los mismos, mi caso hoy, requieren del respeto a sus derechos.

En serio, ¿qué ganas de molestar inútilmente a sus usuarios tienen algunos en el AICM?

En tiempos en los que las tensiones políticas, sanitarias, económicas y estratégicas están a niveles tan altos, que combinados con las restricciones en todos los sentidos que cada día impone más el aerotransporte a sus favorecedores, mismas que con justa razón estresan aun al más avezado de los usuarios, lo último que se necesita en un aeropuerto y más en uno tan caótico como el AICM, es que se siga privilegiando la sinrazón en el trato al usuario.

Y luego se enojan de que uno publique notas como esta.

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