Cuando un aeropuerto se transforma en un búnker

Ninguna gracia me hace que el Aeropuerto Internacional Hamid Karzai de Kabul, Afganistán, haya estado en los últimos meses en el centro de atención de las noticias, tanto como no me agrada en lo más mínimo que una aeronave llame la atención general por otra cosa que no sean sus prestaciones, su tecnología, su forma, su desarrollo o los servicios que en ella se pueden realizar.

Si bien es cierto que la existencia de un aeródromo en la capital afgana permitió que miles de hombres y mujeres de todas las edades lograsen escapar por vía aérea del terror que se le avecina a la nación asiática al haber caído nuevamente bajo el medieval control de los talibanes, también es cierto que las imágenes que he visto de lo que en realidad era el Aeropuerto Karzai antes del comienzo de la salida de las tropas norteamericanas de Afganistán hablan de un escenario que en lo particular detesto: aeródromos civiles convertidos en búnkeres.

Quizás suene demasiado romántico e idealista y quizás tengan razón quienes afirman que a veces hay que llegar a extremos para garantizar la seguridad de instalaciones tan estratégicas y atractivas para los actos de interferencia ilícita como los aeropuertos. Quizás, pero también es válido lamentarse al ver cómo un espacio que por definición habla de libertad, tal y como todo lo relacionado con el vuelo infiere, se haya transformado en una fortificación propia de un emplazamiento militar, con las consiguientes limitaciones de acceso en todos los sentidos.

La primera vez que me sentí en un aeropuerto excesivamente fortificado, es decir, uno en el que se me sometió a barreras físicas y documentales extraordinariamente rígidas para acceder a él,  fue en el año 1985 en el Aeropuerto José Martí de La Habana, Cuba, en el que para mi sorpresa noté que no se permitía el acceso al interior de su edificio terminal a visitantes o a personas que acompañasen a pasajeros, algo que nunca antes había visto, y en el que fui sometido a una interminable serie de controles, más allá de lo propio de la prevención de amenazas en materia aeronáutica por parte de agencias civiles y militares del Estado cubano, que culminaron con esa última y sin duda para mi alarmante revisión de mi pasaporte a pie del Boeing 727-200 de Mexicana de Aviación en el que escapé de esa represión que nunca dejé de sentir desde el momento que pisé la hermosa isla del Caribe en el marco de un sistema de cancelación de las libertades más fundamentales -y eso que en ella era extranjero-.

Hace unos años me llevé una desagradable sorpresa al constatar que quienes estaban a cargo de la revisión de seguridad para acceder a salas de última espera en un aeropuerto mexicano eran militares y no civiles. Lo que más me preocupó fue el evidente desconocimiento por parte de los uniformados de la normatividad aérea civil internacional.

Por favor, no se confunda estimado lector; no estoy diciendo que no sea necesario blindar a la aviación civil con aquello que requiere para garantizar operaciones seguras o que los Estados no puedan aplicar su marco legal en materia migratoria, sanitaria, aduanal o de seguridad nacional, lo que estoy diciendo es que me duele mucho ver aeropuertos en condiciones que distan mucho de aquellas que tenían las terminales aéreas en las que comenzó mi amor por el aerotransporte, espacios en los que aún recuerdo se respiraba libertad.

Me temo que al paso que van las cosas, Kabul o La Habana no serán la excepción.

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