Tirando estatuas (aeronáuticas)

El término “monumento” puede emplearse para aludir a la obra que se instala en un lugar público con el objetivo de rendirle homenaje a algo o a alguien, por lo tanto, hay muchos tipos de ellos, caso de las estatuas, que resultan ser entre los más populares. El Buda del Templo de la Primavera en Henan, China, es la más grande estatua del mundo. Esta deidad en cualquiera de sus acepciones es el personaje real o ficticio al que se le han dedicado más obras de este tipo en el orbe.

En tiempos en los que a nivel global hay una tendencia a desmitificar lo otrora mistificable y en los que hemos sido testigos por medio de las imágenes en los medios de cómo han caído o se han desmantelado memoriales de toda clase de figuras, -¿qué tal Cristóbal Colón?-, irónica y contrariamente, los mexicanos terminamos el año 2021 enterándonos de la instalación en un municipio del Estado de México de cierta estatua, misma que “algunos” procedieron a destruir apenas a unas horas de haberse presentado al pueblo, algo que me parece inédito, toda vez que no recuerdo un homenaje arquitectónico tan efímero como ese.

Inédito me parece también el fenómeno que está ocurriendo con los monumentos dedicados a Charles Lindbergh, al que le han retirado tributos, principalmente en su natal Estados Unidos, conforme los norteamericanos han comprendido, merced a evidencia que en los últimos años ha surgido en torno a él, que lo grande que fue en lo aeronáutico no compensa, y más en estos años en los que lo “política y socialmente correcto” ha cobrado particular relevancia, sus enormes defectos humanos.

De esta manera, no solamente el Aeropuerto Internacional de San Diego, California, cuna de su avión “Espíritu de San Luis” dejó de llamarse oficialmente “Campo Lindbergh” en el año 2003, sino que además, poco a poco, diversos monumentos con su figura han sido vandálicamente impactados por ciudadanos que crecientemente dejan de encontrar en el llamado "Águila Solitaria” los valores que lo hicieron universal hace ya casi 100 años, tanto así que me he encontrado con voces que llaman en los medios, incluyendo, y si se dice fácil, el diario  “San Diego Unión Tribune” en el que hace años quien firma esta nota fue presentado como presidente de un grupo de entusiastas que enfocaba en preservar su legado, a dejar de homenajearlo.

Comprendiendo, por haberlo vivido en primera persona, lo que algunos sienten por esas figuras que les inspiran, el hecho es que a mi admirado Lindbergh le están dando duro, es más, hasta donde entiendo, como a ningún otro héroe aeronáutico. El problema en el caso del de Detroit, Michigan, es que si bien hay quienes vemos en sus hazañas y sus contribuciones al desarrollo de lo aéreo, mérito suficiente para seguir celebrándolo y hasta osamos seguir promoviendo objetivamente su legado técnico, “Lucky Lindy” no cuenta con un número de leales seguidores tan grande como el que tiene el político tabasqueño al que recientemente le tiraron la estatua en la cuna de grandes representantes de la ahora oposición y al que estoy seguro sus fieles huestes no tardarán en erigirle nuevas, más grandes y mejor ubicadas.

Una enorme diferencia entre estos dos “agraviados” personajes es que el aeronáutico literalmente huía de toda clase de fama pública, la cual, habiéndole forzosamente caído encima por su gesta transatlántica de mayo de 1927, decidió emplear, sobra decir con éxito, principalmente para apoyar el desarrollo de la aviación. El otro sin duda la busca, vive y disfruta de ella.

Lo cierto es que el tema de cuándo, cómo y a quién hacerle monumentos a alguien no es un asunto menor, pero el tema de la destrucción voluntaria de los mismos por parte de un público desencantado, me parece apasionante.

No podría concluir la columna sin dejar de  vincular el comentario anterior con un fenómeno que erosiona el impacto de los reconocimientos a determinados personajes, merecedores o no de ellos; me refiero, no sé si atribuirlo a la miopía, tacañería o ambos, a la manera de abordar los temas culturales, aun cercanos a sus productos o marcas con la que se manejan algunos empresarios, caso de una institución educativa que el nombre “Carlos Lindbergh” con instalaciones en la Colonia Juárez de la Ciudad de México, en la que en su momento, literalmente me dieron “el avión” cuando alguna vez pretendí acercarme para plantearles la posibilidad de impartir a sus alumnos alguna pequeña conferencia sobre “Lindy”, tal y como me lo dieron los ejecutivos de una importante cadena restaurantera con íntimos nexos con la aviación y los aeropuertos mexicanos (¿le suenan a usted las marcas “Wings” y “Barón Rojo”?)  en uno de los cuales inclusive llegaron a operar un negocio con la marca “Lindbergh´s”, a quienes los cien dólares americanos que les propuse invirtiesen como patrocinio del grupo de “lindberghianos” que encabecé, les parecieron excesivos.

Así las cosas...

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