El 9-11 a 20 años de distancia, una mirada en primera persona

Aquella mañana del 11 de septiembre del año 2001, aunque usted no lo crea estimado lector, este amigo suyo y analista aeronáutico se encontraba aprendiendo de cerraduras y candados en una fábrica en Maulding, Carolina del Sur en los Estados Unidos, en lugar de deambular por alguna terminal aérea. Y es que, y debo ser honesto, una parte importante de mi vida profesional la he dedicado a las ventas industriales y al servicio al cliente, actividades que siempre he procurado combinar con algún componente aeronáutico, principalmente la formación y la divulgación.

Y pensar que ya pasaron 20 años…

En el momento en el que una compañera me explicaba el proceso de fabricación de una cerradura, otra colega se acercó alarmada a nosotros para comentarnos que una aeronave de aerolínea se había estrellado en Nueva York, concretamente en Wall Street.

¿Un avión comercial se estrelló en pleno Manhattan?

La idea me parecía alarmante y desencadenó tan súbito resurgimiento de mi parte aeronáutica que abandoné la línea de producción de cerraduras y me encaminarme hacia el área de oficinas con el objetivo de obtener detalles de lo ocurrido.

Tal y como la historia registra no hubo tal accidente aéreo en Wall Street, sino por lo menos 4 atentados empleando aeronaves como instrumento de terror, incluyendo de manera destacada los impactos de 3 Boeing 767-200 de pasajeros, uno de American y otro de United, contra las Torres Gemelas del World Trade Center de la ciudad de Nueva York.

Pegados a un televisor, compartí con los presentes la consternación que generaban los eventos; todo aquel ruido que no fuese el emanado de la transmisión noticiosa parecía haber desaparecido. Las calles estaban semivacías y quienes circulaban por ellas lo hacían con el rostro verdaderamente descompuesto.

De pronto una compañera hizo uso de la palabra para declarar que literalmente “había que matar todos los iraquíes”. ¿A mujeres, niños y ancianos también?, le pregunté, a lo que respondió con un contundente: “A todos, dentro y fuera de Iraq”. “¡Hay que erradicar a los árabes!”, enfatizó. ¡Vaya! entonces, más me vale esconderme toda vez que soy nieto de iraquíes, le dije. Jamás se esperó una respuesta así…

En el marco de la disrupción en el transporte nacional e internacional en los Estados Unidos, derivada de los ataques y con la necesidad de regresar a mi casa, me vi en la necesidad de encontrar medios alternativos para trasladarme desde Maulding hasta Ciudad de México. En una primera instancia recurrí a un automóvil rentado que entregaría en Laredo, Texas, donde cruzaría la frontera.

Afortunadamente decidí hacer una parada en los alrededores del aeropuerto de Atlanta, Georgia, que esa mañana noté que ya estaba operando. Logré que se me asignase un asiento en un vuelo con destino a San Antonio, Texas.

Poco antes de abordar escuché a un caballero solicitar por teléfono que lo esperasen en el puente fronterizo de Nuevo Laredo, donde entregaría el auto que pretendía rentar en San Antonio. Ni raudo ni perezoso me presenté y le pedí, ahora sí que un aventón, mismo que concluyó nada menos que en el aeropuerto de Monterrey, Nuevo León, terminal de la que emprendí la última etapa de mi viaje a casa.

Esos 2 primeros vuelos que hice tras los ataques, es decir el Atlanta-San Antonio en una aerolínea norteamericana y el Monterrey-México en una aerolínea mexicana, me dieron una primera probada de lo que los usuarios del aerotransporte habríamos de enfrentar  a partir de ese momento a la hora de intentar acceder a un vuelo, medidas que no puedo definir de otra manera que como abusos contra el pasajero y como atentados contra los esfuerzos para facilitar el aerotransporte en el marco del Anexo 9 “Facilitación” al Convenio de Chicago sobre Aviación Civil Internacional, tal y como me temo está ocurriendo globalmente con el irresponsable manejo que se está haciendo de la pandemia de COVID y las consecuencias en materia de saturación de procesos de controles sanitarios en los aeropuertos.

Por más que no hayan ocurrido nuevamente eventos similares, algo que ante el reciente y muy mediático resurgimiento de los medievales y crueles talibanes afganos, nadie debe descartar y más ante unos Estados Unidos en crisis, a cuya economía de guerra no le vendría mal un nuevo ataque “a la Pearl Harbor”, es decir, medio conveniente, si es que no facilitado, la herencia del 11 de septiembre del 2001 ha sido una de retroceso en la calidad del servicio aeronáutico y aeroportuario mundial en detrimento de su competitividad, algo de lo que aún a 20 años de distancia no nos hemos recuperado y peor aún, insisto, con esto de la emergencia sanitaria global que además tiende a empeorarse.

Con esta entrega, deseo honrar la memoria de las víctimas de los ataques del 11 de septiembre de 2011, tanto como deseo alertar para que, con tal de mantenerse competitivo, al transporte aéreo internacional no se le sigan imponiendo, bajo el el pretexto que sea, lastres innecesarios, como me quedan claro resultan algunas de las absurdas, inconsistentes o por lo menos mal entendidas medidas preventivas en los aeropuertos del mundo, aplicadas, principalmente contra los pasajeros, a partir de esa tristemente recordada fecha.

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