Cuando no queda otra y se debe dejar ir personal

A finales del año 2012 concluyó una breve, pero sin duda entrañable etapa de mi vida profesional, cuando la chartera carguera queretana, Aerolíneas Regionales, mejor conocida como regionalcargo, dejó de operar por presiones financieras.

Unas semanas antes de que el personal que la integrábamos dejásemos de asistir a laborar, ya fuese en su base de operaciones y oficinas generales en el Aeropuerto Intercontinental de Querétaro, o en las oficinas de tráfico y operaciones en diversos aeropuertos mexicanos en los que manejaba carga, un alto ejecutivo de la misma me confesó su preocupación (y desconfianza) de que los adeudos que la aerolínea había acumulado con sus colaboradores en materia de sueldos, nos fuesen cubiertos si quiera parcialmente. Y es que la compañía, en un intento por hacerse del financiamiento que requería para volver a volar, nos había propuesto unas quincenas antes, cobrar solamente la mitad de nuestros emolumentos con tal de mantenernos sumados al esfuerzo de recuperación de la liquidez, es decir, trabajando.

En lo personal no me costó trabajo entender las razones y por ende decidir confiar en la compañía, en particular en su director general, el ingeniero Juan Manuel Rodríguez Anza, quien al final de cuentas y contrario al poco optimista vaticinio de su ejecutivo, no me queda claro qué es lo que hizo, (seguramente algo muy arriesgado, oneroso o creativo), pero lo hizo, para cumplir con su compromiso de cubrirnos los montos que se nos debían, derivados de la relación laboral.

Su decencia y la de sus socios, entre los cuales me gustaría reconocer a Ernesto Díaz González, contrasta con las decisiones que en estos tiempos de crisis financiera y recortes presupuestales están haciendo algunos empresarios y también algunos gobiernos, caso del mexicano, de reducir su plantilla de personal al menor costo posible, es decir, sin cubrir al empleado que dejan ir, lo que por ley tienen derecho, algo que pretenden lograr, ya sea buscando cualquier pretexto para acusarles de alguna, seguramente inexistente falta administrativa u ofreciéndoles simples finiquitos, no así liquidaciones, las cuales, de ponerse sobre la mesa, generalmente cubren apenas una parte de lo que deberían,  eso sí, conservando los accionistas de las empresas sus niveles de vida y los funcionarios públicos sus privilegios.

En fechas recientes tuve contacto con una experta en reingeniería laboral a la que algunas empresas están contratando para reducir nóminas, es decir, despedir personal con los menores impactos posibles contra las compañías o sus representantes legales, tratando además de minimizar la ocurrencia de esas demandas legales de carácter laboral a las que se han visto obligados a recurrir miles de despedidos, insisto, tanto en el sector privado como el público, siendo esto último de lo más lamentable y preocupante toda vez que uno pensaría que el estado en todos sus niveles debería ser un ejemplo de legalidad en algo tan importante para un ser humano como es su derecho al trabajo.

Lo cierto es mi experta y seguramente muy competente amiga dejó de serlo cuando me atreví a recordarle lo importante que es que en esas reingenierías en las que trabaje tome en cuenta por una parte que al final de todo esto está involucrado el bienestar de esos hombres y mujeres y sus familias que, no importa por cuánto tiempo lo hayan hecho, colaboraron en una entidad u organización y que ésta eventualmente puede volver a requerir de regreso al personal que dejó, en particular al calificado, algo que se puede complicar conforme los colaboradores se hayan sentido tratados injustamente.

Me queda claro que no todos los empresarios o políticos son unos Rodríguez Anza o Díaz González, como me queda claro que no todos, por más que así lo deseen, pueden honrar sus compromisos como lo hicieron, por lo menos conmigo, los dueños de regionalcargo, aerolínea a la que regresaría a trabajar con mucho gusto o integrarme a cualquier otro equipo que lleguen a formar, tal y como lo haría en una entidad pública a la que hasta hace poco, tuve el privilegio de servir.

¡Honor a quien honor merece!

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