Cruzando el Atlántico, COVID mediante… ¡qué joder!

¿Qué pensaría mi héroe Charles A. Lindbergh que empleó una aeronave a base de tela, por cierto para entonces la más avanzada que pudiera concebir la ingeniería aeronáutica, para recorrer solo y sin escalas el Atlántico del Norte en mayo de 1927 del birreactor Airbus A350, también a base de fibras tejidas pero de materiales compuestos, en el que, prueba de COVID PCR con resultado negativo mediante, habré cruzado con mi madre a mi lado ese mismo océano que en el año 1939, pero en barco, ella ya había recorrido en dirección hacia un México generoso que la refugió a ella, a mis abuelos y a miles de republicanos españoles contra la barbarie de una dictadura?

Si todo sale conforme a lo programado, es decir, si logramos abordar ese vuelo de Iberia entre la Ciudad de México y Madrid, España, originalmente programado para la primavera del año pasado, mismo que el justificado terror a un bicho que nos llegó de China y nos obligó a posponer y casi casi a cancelar, la siguiente entrega de mi columna semanal muy posiblemente tendrá mucho que ver con mi experiencia de tránsito internacional en 2 de los aeropuertos que llevo más cercanos a mi corazón: el “Benito Juárez” de mi tierra natal y el “Adolfo Suárez” de la tierra de mi madre, a la que en este 2021 y a 57 años de distancia de una primera vez, vuelvo a acompañar en un vuelo entre México y Europa, experiencia que he tenido la oportunidad, se dice fácil, de haberla repetido más de 5 veces, convirtiéndola no solamente en una de mis más frecuentes acompañantes en vuelos transatlánticos, sino quizás en todos registros que he sumado a mi bitácora aérea, algo que considero un privilegio.

Lo cierto es que, en estos tiempos, hacer un viaje aéreo y más aún uno internacional, suma una buena cantidad de presión a la que de por sí ya era antes de la pandemia una sumamente estresante experiencia para todo tipo de pasajeros.

Nadie podrá negar que unos de los grandes retos que debe enfrentar el aerotransporte en la “nueva normalidad” es minimizar el impacto negativo en la velocidad y complicaciones a los usuarios de la aplicación de nuevos controles sanitarios a la salida y a la llegada en los aeropuertos, algunos de los cuales ya he comentado en los espacios del Grupo T21, no hacen otra cosa que entorpecer y encarecer innecesariamente el tránsito del tráfico por los aeropuertos, tanto en recorridos nacionales como en internacionales.

A ver qué tal nos va entonces con la puntada de habernos finalmente decidido a usar esos boletos de avión que habíamos adquirido en el 2020, mismos que nos deben poner sobre las aguas del Atlántico del Norte en vuelos en los que me temo la parte aérea será la más tranquila y de alguna manera compensará las tensiones a las que seremos sujetos en los extremos del recorrido, es decir, el tránsito por los aeropuertos y los procedimientos de despegue y aterrizaje en ellos.

¿Qué necesidad o qué necedad de arriesgarse y más de arriesgar a una persona muy mayor? -algunos de ustedes seguramente se preguntarán sumándose a quienes ya lo han hecho.

Quizás estamos depositando demasiada confianza en los proveedores de servicios con los que vamos a tener contacto en aire y tierra, tanto en el origen como en el destino. Quizás…

Pero “Yo soy yo y mi circunstancia”, decía el filósofo español José Ortega y Gasset, por lo tanto, pensamos que como están las cosas, más vale aprovechar la oportunidad de hacer de una vez este tan esperado viaje y no terminar por arrepentirse por haberlo pospuesto a tal grado que en una de esas ni la economía, ni la salud, ni los compromisos lo permitan hacer.

El propio Lindbergh me lo deja claro: “No creo en tomar riesgos innecesarios, pero nada se puede lograr sin arriesgar algo”.

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