Con la pandemia, de pronto todos se volvieron déspotas

El despotismo y su hermano el autoritarismo son naturales en los seres humanos, lo cual no quiere decir que sean buenos. En mayor o menor medida, todos y todas llevamos a un déspota o a un autoritario dentro; nos encanta mandar, pero disfrutamos más ser obedecidos incondicional e inmediatamente o por lo menos así creerlo.

¿Qué mejor pretexto para darle rienda suelta a estas dos facetas de la personalidad que un escenario de caos y terror colectivo como el que se vive con la pandemia? La verdad es que no veo, de ahí que no me sorprende que muchos y muchas las estén exhibiendo descaradamente.

Es así que, tal y como lo percibí en primera persona en ese septiembre de 2001 en el que los Estados Unidos fueron objeto de brutales ataques terroristas, ahora a 20 años de distancia estoy siendo nuevamente testigo el trato abusivo hacia los clientes por parte de déspotas prestando un servicio, supuestamente amparados en un argumento de consideraciones de seguridad, está siendo otra vez tolerado con patológica resignación por los usuarios, quienes de alguna manera ven este flagelo como una consecuencia “normal” de ese terrible acontecimiento que sin duda nos abruma, que es el COVID.

Nada más distante de la realidad que ello; lo dije hace dos décadas y lo vuelvo a repetir ahora: “en aras de la seguridad” (en este caso sanitaria), por lo menos en materia de aerotransporte, turismo y logística y en general en todo tipo de servicios, estamos abusando del cliente y eso no se vale.

El problema es que a diferencia del año 2001 el impacto de la actual emergencia abarca a la sociedad entera y no solamente a un sector específico. Hoy día no solamente es un agente de tráfico, un integrante de un cuerpo de seguridad destacado en un aeropuerto o un miembro de la tripulación quien actúa despótica, intolerante o autoritariamente en su trato con el usuario; por doquier se nos están imponiendo protocolos de seguridad sanitaria que por más necesarios y por ende bienvenidos que pudieran a primera vista ser, terminan poniéndose muchas veces (me temo que las más), en manos de personal carente de las habilidades blandas  y capacitación requeridas para ejecutarlos adecuadamente es decir, de manera efectiva, pero también con la debida cortesía.

Si de por sí los usuarios del aerotransporte  ya tenían que lidiar, digamos, con la rudeza del personal asignado a los filtros de revisión y acceso a zonas estériles en los aeropuertos, espacios famosos por la prepotencia e incompetencia de muchos de los que los operan, en tiempos de Coronavirus el asunto cobra nuevas proporciones, algo que la verdad me preocupa e indigna, de ahí este comentario editorial.

Algunos de mis estimados lectores argumentarán y quizás con toda razón, que a la hora de aplicar protocolos de seguridad de cualquier tipo, lo primero son los resultados, luego los resultados y finalmente la cortesía. No nos confundamos, una cosa es blindarnos contra una amenaza y otra muy distinta es dejar que se abuse del ciudadano ya sea en los controles de seguridad, sino ahora también por ejemplo, en una farmacia, en un supermercado, en un banco, en una oficina gubernamental, en un hotel y claro está, desde mi aeronáutica perspectiva a bordo de un avión o en el tránsito por los aeropuertos. 

¿Ahora sí que “calladitos y cooperando”? Cooperando sin duda pero calladitos, para nada cuando se cruce esa fina raya que marca la diferencia entro lo correcto y el abuso. Como diría Antoine de Saint-Exupéry, yo no nací para vivir en un hormiguero.
Dicho en otras palabras, no permitamos que ese “sargento” que todos llevamos dentro, salga a relucir, o no dejemos que lo haga en otros,  en tiempos en los que además de disciplina necesitamos compasión y empatía.
Me temo que este será uno de los legados más lamentables de la pandemia.

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