La terrible paradoja de la seguridad en México

“Mal de muchos, consuelo de tontos”, me queda claro que México no es el único país en el mundo en el que la palabra seguridad vale tan poco y al mismo tiempo cuesta tanto.

Lo cierto es que el mexicano, salvo en casos muy, pero muy contados, vive en la total inseguridad; su vida, salud, integridad, libertad, relaciones, patrimonio o economía, siempre están en riesgo ante las amenazas que a todo ello suponen las fallas técnicas, los errores humanos, la ignorancia, los prejuicios, la incompetencia, la corrupción, los intereses personales o el crimen.

Con tal de mantener el corte aeronáutico que se supone debo dar a esta columna voy a poner al tema en ese contexto recordando por citar algunas amenazas que al hacer un vuelo en México, cualquier pasajero está expuesto a que una banda muy bien organizada dentro de un aeropuerto le robe su equipaje; a que el piloto de la aeronave tenga una licencia obtenida ilegalmente o se le permita intentar realizar el despegue en medio de una tormenta sin tener aún las correspondientes capacidades y a que por ende el vuelo termine en desastre; a perder el monto pagado por el boleto al no llegar a tiempo a abordar luego de que no se anunció como se debe que el vuelo había cambiado de sala; a que la estructura de la terminal aérea en la que opera su vuelo esté tan comprometida que está a punto de colapsar; a que le metan droga en sus maletas; a que una banda de secuestradores le siga los pasos a su llegada a su destino; a que un grupo de criminales se enfrente a otro a balazos y en pleno estacionamiento del aeropuerto donde ha dejado el auto; a que una autoridad migratoria le impida o retrase el ingreso al país por prejuicios raciales; a que le caiga en la cabeza un pedazo de plafón desprendido del techo por una filtración de agua no atendida en un ambulatorio; a que la aeronave se vea involucrada en un incidente operativo similar a otro ocurrido con antelación de cuyo informe por parte de la entidad investigadora habían emanado recomendaciones de seguridad que fueron desestimadas ya fuese por la autoridad o la operadora; a que el comandante de la aeronave se encuentre en estado etílico y ningún miembro de la tripulación se atreva a cuestionar su estado; a que la aeronave haya sido mal despachada o a que en su mantenimiento no se hayan seguido los debidos protocolos.

Podría alargar esta lista de amenazas para abarcar tantas cuartillas como el espacio editorial me lo permita, pero no lo voy a hacer toda vez que siento que los ejemplos que expongo, bastan para confirmar mi hipótesis en el sentido que por lo menos en el ámbito aeronáutico de nuestro país hay un preocupante desprecio hacia la cultura de la seguridad.

¿Y cómo iba a ser diferente si esa parece ser la norma en el país?

Para muestra basta un botón, y vaya la clase de joya que se me presentó recientemente:

Las palabras de mi interlocutor me dejaron perplejo; si bien lo que me estaba compartiendo me era familiar y por ende no me debería sorprender, lo cierto es que viniendo de él todo cobraba verdadero sentido; y es que estaba charlando con todo un experto internacional en materia de seguridad que además tenía motivos para ser honesto conmigo. “Vender seguridad en México es muy complicado; la seguridad realmente no es una prioridad para las empresas. Para muchas resulta más rentable asumir las consecuencias de operar en el límite de la inseguridad que invertir para acatar normativa nacional o internacional que en México resulta muy fácil darle la vuelta o de plano incumplirla ya sea por medio de la corrupción o abusando de la incompetencia de las autoridades”, afirmó, agregando que muchas organizaciones invierten en seguridad más bien desde la perspectiva de un maquillaje que les permita disimular sus deficiencias y “pasar” una revisión por parte de una autoridad o una entidad certificadora que adoptar una verdadera cultura de la seguridad en la que se privilegie este valor sobre otras prioridades corporativas.

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Si entiendo bien, lo que se me explicó es que en México no se invierte en seguridad sino que se gasta en ella para mantener niveles de primas de seguros, permisos, concesiones y por ahí buena imagen ante autoridades técnicas y laborales.

Entonces llegué a la conclusión que a muchas organizaciones en México, aún las más representativas de una industria en particular les preocupa la seguridad solamente hasta el punto en el la carencia de ella les pegue realmente en sus finanzas o en su prestigio. Entonces sí que reaccionan, pero aún no como debieran, toda vez que la mayor de las veces la conciencia de la importancia de la seguridad operativa y las correspondientes acciones permanecen en las prioridades corporativas tanto como la nota periodística emanada de un incidente siga pesando en la imagen de la marca o el nombre de la organización o sus representantes.

Lo preocupante es que la misma fuente que me compartió los valiosos conceptos anteriores, supo de un conocido suyo que aun sabiendo que padece una enfermedad infecto contagiosa potencialmente letal, llámese COVID-19, en lugar de someterse a una cuarentena, tal y como el sentido común establecería, había decidido camuflajear sus síntomas para poder hacer el viaje, tomando Paracetamol para bajar su temperatura, por ejemplo, y así poder pasar los controles sanitarios en su tránsito por el aeropuerto o a bordo de la aeronave.

-¿No te parece eso un acto verdaderamente criminal por parte de tu conocido?- cuestioné a mi experto interlocutor. Su respuesta me dejó más frío que cualquier otra cosa que me había comentado durante nuestro intercambio: “Se cubrió lo más posible, además tenía que llegar a su destino a como diese lugar… no se podía dar el lujo de quedarse varado”. -¿Y la vida de quienes volaron junto a él no importa?- le inquirí. Sobra decir que su reacción me dio motivos para terminar la conversación antes de que la misma derivase cuando menos en un debate. ¡Qué incongruencia!

Ese es el gran problema de la inseguridad en México estimado lector; al final de cuentas siempre encontramos objetiva o subjetivamente una razón económica, política, legal, estratégica o personal para justificar lo injustificable, sin darnos cuenta, o sin querer hacerlo, del precio que como sociedad terminamos pagando por ello.

¿Cuál sería la solución?

La respuesta también suena a paradoja y tiene que ver con algo que se pensaría es tan sencillo como cambiar “el chip” a los ciudadanos, algo que quizás podría comenzar por acompañar las palabras con acciones. El problema es que por lo menos en el México que yo conozco, realmente no se pregona con el ejemplo y eso hace de la solución todo un reto.

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