Doña Silvia y su afición por Interjet

Doña Silvia, muy querida amiga de la familia, está acostumbrada a volar; de hecho, su difunto esposo, “don Pedro”, era toda una personalidad de la aviación civil mexicana en los años setenta del siglo pasado.

Si bien doña Silvia vive en Ciudad de México, tiene importantes lazos con Tijuana, Baja California, que la habían convertido, por lo menos hasta el inicio de la pandemia, en una frecuente pasajera en la ruta y seguramente una gran cliente para su entonces aerolínea preferida: Interjet.

A nadie debe sorprender entonces que doña Silvia decidiese elegirla para realizar su primer viaje a Tijuana en tiempos de la “nueva normalidad”. La sorprendida terminó siendo ella y de manera doble; por una parte, su vuelo “directo” a Tijuana, que lo era, sólo que, con dos escalas, también sería operado con un avión turbohélice de otra operadora y no con un jet, como esos flamantes Airbus 320 en los que solía viajar en Interjet, o tan siquiera uno de los Sukhoi rusos con los que la aerolínea intenta librar la batalla por sobrevivir al coronavirus y sus consecuencias en la economía y el aerotransporte.

Doña Silvia terminó volando a Tijuana con boleto de Interjet, pero en un ATR-72 de Aeromar con velocidades de crucero que rondan los 510 kilómetros por hora, haciendo escalas en Guadalajara y Hermosillo, por ende, sumando bastante tiempo al recorrido.

Justificablemente cuando se enteró que su vuelo de regreso a Ciudad de México también haría dos escalas, en este caso en Chihuahua y Monterrey en el que posiblemente también se emplearía un ATR de Aeromar, ni rauda ni perezosa llamó a Aeroméxico para asegurar un asiento en un vuelo sin escalas operado por lo menos con Boeing 737, si es que no con un flamante “Dreamliner” 787 a velocidades superiores a los 850 kilómetros por hora.

Lo que son las cosas estimado lector, si a este su servidor le diesen la opción de elegir vuelos para hacer un México-Tijuana-México entre unos con dos escalas en el camino con ATR y otros sin escalas (aun mediando el 787), sin duda elegiría las prolongadas, pero sin duda fascinantes propuestas con los turbohélices.

Me queda claro que el mío es un caso extraordinario y que la reacción de doña Silvia es la más comprensible. Y es que para el pasajero moderno acostumbrado a vuelos sin escalas operados con aeronaves de gran tamaño (y turbinas bajo sus alas), la idea de tener que andar saltando de un aeropuerto a otro en un “avión con hélices”, por más moderno que se le quiera vender, no resulta para nada atractiva, aún para los más leales clientes de una operadora, caso de doña Silvia.

¡Cuidado! No estoy afirmando que el ATR y/o Aeromar sean malos productos, por el contrario, mi punto es que no son la mejor opción para vuelos tan largos como un México/Guadalajara–Tijuana.

Honestamente ignoro por qué razón “la nueva Interjet” se empecina en ofrecer vuelos en una ruta para la cual no dispone de las aeronaves adecuadas. Quizás debería destinar sus aeronaves para atender mercados competitivamente a su alcance en los que no va a quedar tan mal con sus pasajeros como ya quedó, por lo menos con nuestra amiga.

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