El aéreo y los aforos permitidos en la “nueva normalidad”

Los porcentajes varían tan frecuentemente como varían las acciones que los gobiernos a todos niveles están adoptando para tratar de contener al desgraciado bicho que tanto nos ha dado que comentar en este inolvidable año 2020, por lo que ofrecer una cifra concreta sobre los aforos permitidos en las instalaciones de servicios como son los hoteleros, restauranteros, cines, teatros, gimnasios o estéticas en la llamada “nueva normalidad” me parece verdaderamente complicado.

No obstante, es razonable afirmar que la mayoría de ellos están siendo autorizados a volver a operar a una capacidad de entre un tercio y una mitad de la original. Es así que estamos disfrutando, por ejemplo de cafeterías virtualmente vacías, empleando preferentemente espacios abiertos con no más de cuatro clientes en las mesas, entre las cuales debe mediar una distancia no menor de un metro con cincuenta centímetros.

¡Perfecto! Me encanta la idea de protegerse al hacer las cosas que le son a uno agradables o necesarias, en mi caso volar, sólo que hay algo que me preocupa y mucho respecto a esto último: en los aviones no hay limitaciones de aforo, es decir que si el despacho de un vuelo lo permite, todos los asientos de una aeronave pueden terminar siendo ocupados y sin mediar esa señora llamada “Susana Distancia”.

Y es que dadas las limitaciones de espacio en la cabina de pasajeros, las altas ocupaciones que en ellas se suelen registrar, la aspiración por parte de los operadores de obtener rentabilidad en los vuelos y la necesidad de recircular y filtrar el aire respirable en el interior de las aeronaves, a pesar de que si bien algunos estudios recientemente publicados apuntan a lo contrario gracias precisamente a la alta calidad de dicho reciclado que llegaría a niveles de efectividad del 99% de éxito atrapando partículas aéreas, en el entorno actual, el viaje por aire sigue siendo considerado como actividad de alto riesgo de contagio.

¿Entonces por qué se les permite a las aerolíneas operar al cien por ciento de capacidad en sus aeronaves? ¿Porque el aerotransporte es considerado una actividad estratégica? ¿Porque al interior de una aeronave, “se afirma”, aclaro, se respira un aire propio de un quirófano?

¡Muy bien! Pero eso no me garantiza que gotas de la respiración de cualquier ocupante a mi alrededor se instalen en mi piel o en las ropas que la cubren, generando el riesgo de que, en un descuido, esos líquidos penetren mi sistema biológico enfermándome de lo que en mis condiciones físicas puede resultar mortal.

El panorama se complica si por alguna razón mi vecino a bordo tiene el atrevimiento de estornudar, algo que por lo menos quien suscribe esta nota suele hacer varias veces al día, en tiempos o no de pandemia.

El problema es más serio de lo que parece; por un lado, tenemos una amenaza de salud importante y real para quien vuela en una aeronave y por el otro la necesidad de sustentabilidad económica de las operaciones, la cual se alcanza entre otras formas, llenándolo de pasajeros con tarifas competitivas, medio llenándolo, es decir, aplicando distancias entre pasajeros con elevadísimas mezclas tarifarias propias de los años 50 y 60 del siglo pasado, o subsidiándolo pública o privadamente.

Lo primero supone poner en peligro al usuario, lo segundo es que, por el costo, el pasajero dejará de viajar por lo menos en avión, y lo tercero es que los servicios en sí no generarán ingresos para la operadora sino beneficios para las partes interesadas en que ellos tengan lugar.

Seguramente algunos de mis estimados lectores comentarán e insistirán en la alta eficiencia de los sistemas de aire acondicionado de las aeronaves modernas, algo que no dudo, pero en lo que no confío totalmente, toda vez que la efectividad del reciclado del aire puede variar en cada modelo de aeronave, sistema, o en función de la calidad del mantenimiento que se les brinde.

Lo que al final de cuentas no me queda claro, tal y como me sucede con todo lo que tiene que ver con el coronavirus, es la magnitud real del riesgo de contagio a bordo, aún con tan sofisticados filtrados, razón suficiente para que, mientras es “Chana o Juana”, por lo menos en mi entorno y con todo y que se supone que soy “gente de aviación” y por ende pocas cosas disfruto tanto como viajar en avión, hemos decidido no arriesgarle a menos que sea estrictamente necesario a eso de meterse hasta por horas, dentro de un tubo volador de aire reciclado, lleno de potenciales vectores de contagio, junto a algunos de los cuales podemos terminar sentados ahora sí que literalmente “codo a codo”.

Tema complejo sin duda en el que me da la impresión se debe contar con más elementos científicos para que quien debe hacerlo, en este caso la autoridad sanitaria nacional, decida, no tanto lo que le conviene a la aerolínea, sino al público y en una de esas determinar cuál debe ser la ocupación de cabina indicada para proteger tanto a los unos como a los otros en función de la amenaza que supone en cada momento la pandemia.

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