Les pegó parejo a todas

Una imagen que por derechos de autor no puedo reproducir en este espacio editorial, tomada recientemente en el aeródromo de Victorville, California, precisamente donde estaba siendo mantenido el que, para bien o para mal, ya debemos considerar el avión más famoso de la historia de nuestra aviación, me refiero al famoso Boeing 787-8 presidencial, el mismo “que ni Obama tenía” y que ahora está de regreso en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, describe perfectamente en mi opinión el impacto de la pandemia en las aerolíneas de todo el mundo y de todo tipo.

Los enigmáticos Boeing 737 de Southwest, los eficientes 777 de Delta, los icónicos 747 de British, los productivos Airbus A300 de FedEx, los enormes A380 de Qantas y esos A320 y 321 ahora virtualmente desaparecidos de la flota de la mexicana Interjet. Todos en una misma toma, exhibiendo de manera contundente la magnitud de la crisis que el aerotransporte está viviendo en este fatídico año 2020.

Cargueros o de pasajeros, nuevos o usados, configurados para altas densidades o magníficas primeras clases, de aerolíneas bandera, regionales, nacionales o globales, todos estos aviones están ahí en espera de una recuperación, por cierto, a estas alturas, imposible de pronosticar, que permita regresarles al servicio.

La realidad es que muchas de ellas, en especial las que de por sí veían sus economías comprometidas por sus “comorbilidades”, caso de los pesados, por no llamarles “obesos” 747 y A380, terminarán siendo recicladas y como se dice en el imaginario popular aeronáutico “convertidas en latas de Coca Cola”. Algunas, por ejemplo, los A321, tienen, como los humanos jóvenes, delgados y sanos, más posibilidades de sobrevivir y regresar al aire.

¿Pero cuándo?

Insisto, es el momento en el que no hay proyección que determine confiablemente la evolución de la demanda aérea y por ende la de su oferta. Es decir, no sabemos exactamente cuántas aeronaves terminarán en tierra o cuántas y de qué tipo, lograrán seguir haciendo el trabajo para el que fueron concebidas.

Ya lo he dicho con anterioridad, no puedo dejar de pensar que el aerotransporte está pagando un precio demasiado alto por su capacidad de transportar globalmente más rápido y ampliamente que ningún otro medio de transporte lo que sea, incluyendo letales enfermedades.

Debo confesar que, si bien las imágenes de aviones en el desierto siempre me han parecido tristes, las que veo cada vez con mayor frecuencia hoy día en los medios, me parecen desgarradoras.

¡A cuidarse entonces para evitar mediante una sana demanda de pasajeros y carga que más aeronaves no terminen con sus alas cortadas!

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