¿Cerrar el AICM para dar paso a Santa Lucía?

Conforme trato de encontrar alguna lógica en la decisión de seguir adelante con la construcción del Aeropuerto Internacional “Felipe Ángeles” de Santa Lucía (AISL) en tiempos en los que queda perfectamente claro que, derivado de la pandemia del COVID-19, la demanda de aerotransporte global, incluyendo la de México será muy, pero muy diferente a la que existía antes de la emergencia y por lo tanto ni Ciudad de México y virtualmente ningún otro destino requerirán en el mediano plazo de mayor infraestructura aeroportuaria, sino de mejorar la existente, me he puesto a pensar en una hipótesis que quisiera compartir con mis estimados lectores de T21:

El presidente López Obrador pretende que AISL termine siendo el principal aeropuerto que atienda la demanda de aerotransporte del Valle de México, sustituyendo, muy posiblemente por completo en este rol al Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (AICM) que pasaría a ser una infraestructura con una vocación más bien enfocada en la aviación regional, la aviación general, por ahí al carguero dedicado, y claro está la oficial y la militar, si es que no termina por ser cerrado por completo, reiniciando así el debate y la rebatinga por el uso que se les puede dar a esas casi 750 hectáreas de valiosos terrenos que ocupa en la zona oriente de la capital de la república.

Una de las críticas más sólidas contra la elección de Santa Lucía como el sitio para construir ahí un nuevo aeropuerto, además de los ampliamente comentados temas de posibles conflictos de navegación aérea entre las dos infraestructuras, tiene que ver con la incapacidad que el lugar tiene de albergar una infraestructura lo suficientemente grande y con reservas territoriales como para servir de sustituto por completo al AICM, algo que definitivamente ocurría con el ahora malogrado proyecto de Texcoco.

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Dicho de otra manera, sujeta a una compleja reingeniería del espacio aéreo y su gestión y siempre con riesgos y limitaciones, Santa Lucía podría complementar, pero nunca reemplazar por completo al AICM, a menos que las condiciones generales de la demanda de aerotransporte en México cambiasen por completo, al grado de llevarla a niveles propios de hace 30 o 40 años, es decir, a números que un aeropuerto como el que se pretende termine siendo el AISL pueda manejar sin problema, lo anterior sin olvidarnos de otra importante variable en la ecuación: el Aeropuerto Internacional de Toluca, que, ante un AICM virtualmente fuera de la jugada y la distancia de Santa Lucía en relación al centro del Valle de México, podría revivir y resultar nuevamente atractivo, en particular para esa demanda del centro, sur y poniente de la megalópolis en la que por cierto, se concentra la mayor parte de la población que verdaderamente puede viajar en avión en la región.

La realidad es que la pandemia ya cambió dramáticamente las condiciones generales no solamente de la demanda, sino también de la oferta de aerotransporte en el mundo entero, por lo tanto, la construcción de un aeropuerto de las dimensiones de Santa Lucía, no resulta del todo descabellada, insisto, siempre y cuando el AICM deje de ser factor.

Aun aceptando como válida la hipótesis, la pregunta es obligada: ¿qué necesidad hay de invertir en estos momentos valiosos recursos que podrían destinarse a otras prioridades como son la salud de los mexicanos en un aeropuerto (AISL) cuando realmente ya no hay necesidad de ello?

La respuesta quizás tiene que ver con esas 750 hectáreas que actualmente ocupa el AICM y su valor político y económico, por ende, de negocio. Al tiempo…

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