El santo grial de la ingeniería aeronáutica, de visita en México

Una vez que hayas probado el vuelo, siempre caminarás por la Tierra con la vista mirando al Cielo, porque ya has estado ahí, y ahí siempre desearás volver, escribió Leonardo da Vinci (1452-1519).

No cuesta trabajo caer en la tentación de admirar a un grande como Leonardo y más cuando uno ha sido capturado por la magia del vuelo, y es que entre el cúmulo de temas que interesaron a este genio renacentista italiano se encuentra el aeronáutico, sobre el que, tal y como sucedió con el resto de los asuntos en los que trabajó, hizo interesantes estudios y observaciones, algunas ya con aplicaciones prácticas y otras adelantadas para su tiempo, pero sin duda, todas ellas tan fuera de serie como su autor.

Da Vinci es sorprendente; mientras más me adentro en su obra más que convenzo que no ha existido jamás un científico tan versátil, inteligente y avanzado como él. No me extraña que algunos crean que era extraterrestre.

Si bien no estoy tan seguro de admirar su calidad humana, si pudiera emplear como George Wells una máquina del tiempo para viajar al pasado, no dudaría de regresar al año 1505 en Florencia, Italia para encontrarme con este genio trabajando en su Códice Sobre el Vuelo de las Aves, que por su mérito técnico, calidad y detalle, bien podría ser considerado como el Santo Grial de la ingeniería aeronáutica. Anatomía de las aves, diseños de estructuras y máquinas volaras, además de comentarios sobre aerodinámica es parte de su contenido.

No cabe duda que las seis horas de espera en fila que tuve que invertir para verlo en un abarrotado Palacio de las Bellas Artes de la Ciudad de México, en el marco de una excepcional muestra de arte que incluye obras no solo de Da Vinci, sino también de otro grande: Michelangelo Buonarroti, valió la pena; no todos días los mexicanos pueden estar en contacto directo con obras de artistas de esta magnitud.

Tener ante mis ojos esta pieza de la historia aeronáutica resultó una experiencia tan emocionante quizás como las que he experimentado por ejemplo, cuando conversé con Neil Armstrong; cuando tuve en mis manos el manuscrito del Principito de Saint-Exupéry; cuando saludé a Paul Tibbets, piloto del avión Enola Gay desde el que cayó en Hiroshima la primera bomba atómica empleada en una misión de guerra, o como cuando la familia Lindbergh me invitó a acompañarla a festejar el 75 aniversario del vuelo del “Espíritu de San Luis” en la galería principal del Museo del Aire y del Espacio en Washington, D.C.

Me extrañó no encontrarme con algún conocido del medio de la aviación entre las multitudes haciendo fila en Bellas Artes; quizás por eso me propuse escribir esta nota, pensando en la posibilidad de llamar la atención de los integrantes de la comunidad aeronáutica nacional para que no se pierdan la oportunidad de ver uno de los documentos más icónicos de la historia del vuelo del hombre y de paso, disfruten de otras “nimiedades” en la exhibición, como un David de Miguel Ángel u otros Leonardos originales, ¡casi nada!

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