La guerra de la contaminación

La presencia en el Foro de Davos de la sueca Greta Thunberg, la activista adolescente que se ha hecho famosa por su estilo gruñón para reclamarle a los adultos la contaminación ambiental y el cambio climático, volvió a poner en la palestra el tema de las emisiones de CO2 por parte de los equipos aéreos y las estrategias que podrían lograr tanto una reducción de contaminantes, como una verdadera transformación de las fuentes de energía para una industria que ha sido pionera en muchos órdenes, pero que ahora se encuentra en una encrucijada.

Y es que a pesar de los muchos esfuerzos de la industria de transporte aéreo y de la industria aeronáutica por reducir los niveles de emisiones, a través del programa CORSIA donde participan gobiernos, aerolíneas, fabricantes y proveedores, los logros parecen magros frente al problema, a pesar de que la aviación es responsable de apenas el 2.5% de estos contaminantes.

En realidad, la energía que verdaderamente podría apoyar esta transformación de fondo es la solar, pero el mundo está aún muy lejos de lograr que ésta sea una fuente segura y eficiente de energía para este tipo de transporte.

Por alguna razón la aviación siempre se encuentra entre los sectores más visibles, pues hay industria como la moda -que es responsable del 8% de las emisiones- o los alimentos, con el 25%, cuyo impacto es mucho más profundo, pero desde el año pasado en Europa se inició la campaña “vergüenza de volar”, que ha sido responsable de una caída del 12% en el número de pasajeros domésticos por cuarta vez consecutiva en el mes de noviembre.

Hay otro segmento de la aviación que también se verá impactado por esta tendencia que promete ir incrementando su popularidad entre los defensores del medio ambiente y es el que se refiere a la aviación privada. De acuerdo con los activistas suizos, un jet privado emite hasta 10 veces más dióxido de carbono que volar en clase turista y 150 veces más que utilizar los trenes de alta velocidad.

Esto ha motivado una nueva campaña que pretende reducir drásticamente los más de 20 millones de toneladas métricas de CO2 que este tipo de aeronave suele dejar en la atmósfera porque, además, quienes viajan en este tipo de equipos son un muy pequeño grupo de ciudadanos de altos ingresos, lo que hace que su huella de carbono se vea como un mal ejemplo.

Antes de que se llegue al punto de la prohibición, sin embargo, es muy posible que la investigación y el desarrollo tecnológico inicien precisamente en este segmento el cambio hacia los combustibles limpios, en particular el solar en donde Suiza es pionero a través de su programa Solar Impulse que ya lleva más de 20 años experimentando con aviones muy pequeños con celdas solares que son capaces de volar con varias escalas alrededor del mundo.

Aunque es incipiente, no sería imposible que en la siguiente década la industria de la aviación logre encontrar una fórmula que permita que las emisiones de este sector sean un recuerdo desagradable. Habría que estar atentos a los resultados, pero por lo pronto los viajeros europeos muestran su poder de presionar.

Lo oí en 123.45: Ya 10 años del cierre de Mexicana, ¿y luego?

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